Síntomas de la Historia

(Texto artnexus)Síntomas de la historia fue una intervención que estuvo en diciembre en la Biblioteca Nacional de Santiago bajo un pretexto temático: la devolución que hizo Chile a Perú en 2007 de cuatro mil libros traídos luego del asalto a Lima en la guerra del Pacífico (1879-1881). La muestra es parte de una serie financiada en el marco del Bicentenario, correspondiendo a su etapa central: la primera, Plaga: la histeria y los bordes de la histeria, se situó en 2008 en Sala Gasco; esta segunda muestra fue un “díptico” que continuó en enero en la Biblioteca Nacional de Perú (Síntomas de la historia: una construcción imaginaria), mientras que Salpêtrière se abrió en febrero en el Museo de Arte Contemporáneo de Valdivia.

De todos modos, esta propuesta se puede leer en forma autónoma, considerando ciertas coincidencias entre las cuatro situaciones. La primera es la sorpresa de ver instalación en la producción de una artista reconocida hace veinte años por una pintura que ha tensionado el soporte y los límites de “lo pintable”, siempre desde la tradición. La segunda es el trabajo con pequeñas micas estampadas con las mismas figuras negras, suspendidas en cientos, amontonadas o invadiendo el espacio como un enjambre en órdenes geométricos. Se trata de las formas contorsionadas de mujeres en ataques histéricos, timbres hechos a partir de las fotografías tomadas a fines del siglo XIX por el neurólogo Jean-Martin Charcot durante sus investigaciones en el hospital de Salpêtrière, Francia. De aquí, la tercera coincidencia: el trabajo con la histeria, lo que no es una extrañeza en Voluspa Jarpa, que desde fines de los años noventa tematiza paralelos entre los mecanismos de control de la histeria y los de la historia. La siguiente coincidencia es también desconcertante para quienes hemos visto la obra anterior de la artista: el influjo de la belleza.

No es que sus obras sobre tela no hayan sido “bellas”. Pero era preponderante el análisis crítico. Ahora, la experiencia fue entrar, buscar la intervención en el monumental edificio y fascinarse en el primer hall con la delicadeza de las formas pequeñas, traslúcidas, sujetas por hilos invisibles, desprendiéndose por montones desde el cielo –iluminado tenuemente por altos ventanales– hasta alcanzar abajo una vidriera que exhibía un par de libros patrimoniales. En la galería siguiente, una gran lámpara colgada era recubierta por otro enjambre que parecía revolotear entre membranas enmarañadas, brillando como crisálidas abriéndose a la luz. Una gran puerta, y el paso a una sala central de lectura conducía a una exhibición de pinturas en los muros con imágenes austeras de antiguas publicaciones, abiertas, apiladas o en estanterías, jugando entre el realismo, el gesto sutil y la veladura.

Ejercicio obligado era descubrir qué tenía de pictórico el trabajo con las micas: estaban la gráfica compulsiva sobre el material plástico; brillos, opacidades y transparencias; el trabajo con la luz y la sombra; el claroscuro y la atmósfera; y ese juego de la mirada tan propio del trabajo con la mancha: desde lejos, las formas iban conformándose en insectos para descubrir de cerca que se trataba de diminutos cuerpos contorsionados.

El recorrido total era contrastante, escindido en dos partes con un elemento común: la presencia de los libros. Las pequeñas figuras flotando deslumbrantes tensionaban la experiencia de las publicaciones exhibidas como piezas museales o como representación pictórica. Correspondiendo varios textos pintados a los tesoros devueltos a Perú, difícilmente se podían leer. Sólo los de la vidriera: eran el Diario Oficial de 1881, donde estaba la lista de los volúmenes traídos como “botín de guerra”, y una publicación donde Ignacio Domeyko (1802-1889), científico y ex rector de la Universidad de Chile, escribe –incómodo– sobre el patrimonio que le tocó catalogar y clasificar. Sobre estos ejemplares cae entonces el “adorno”, una invasión virulenta y fantasmal de pequeñas histéricas.

Justo cuando ocurría la guerra del Pacífico y se desencadenaba este episodio de versiones contrapuestas, Charcot estudiaba a sus “enfermas” en Salpêtrière. La histeria era atribuida a síntomas eminentemente femeninos, muy ligados a la represión moral de entonces. Freud asistió a las clases donde las mujeres representaban, con sus delirios y cuerpos retorcidos, el trauma, el padecimiento, lo visceral, lo que no se podía decir.

Síntomas de la historia iba armándose entonces como un relato de contrastes, veladuras y artificios, escenificando lo indecible bajo la urdimbre de las apariencias. A través de lo pictórico, la artista elucubraba sobre qué relatar y qué no. La mancha y el borrón, lo mismo que el enjambre de cuerpecillos resplandeciendo en el espacio iluminado, velaban las evidencias. El aura del edificio –erigido hacia 1914 como nueva sede de la Biblioteca Nacional– velaba los trastornos de la guerra. De lejos, el adorno, la representación, la lectura engañosa; de cerca, la historia como una construcción histérica, donde el deseo de objetividad es insostenible bajo la pulsión de la experiencia subjetiva.

Research or Serie:
project type:
Type:
exhibition:
Biblioteca Nacional de Chile
Technique and/or objects:

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dimensions:
Dimensions Variable
city:
Santiago
context:
Ejercicios de colección MNBA
country:
Chile
year: